2012 fue un gran año

Creo que puedo describir mi 2012 muy claramente de la siguiente forma: si se hubiese acabado el mundo, me hubiese ido feliz y satisfecha. Rodeada de amor, y superación personal y familiar.

No todo el año fue un paseo en bici. Muy por el contrario, hubieron momentos desafiantes y dolorosos, como ya saben. Pero también fue un año lleno de logros.

Este año descubrí la satisfacción que puede darme mi carrera profesional en algo que no es un emprendimiento propio, y también aprendí a delegar mucho en lo que es mi bebé, Acceso Directo.

2012 fue testigo del comienzo del fin de la espantosa odisea que atravesó mi familia durante los últimos 4 años, y aunque el alivio no fue inmediato, es un nuevo comienzo, podemos respirar, y mirar al futuro sin miedo.

Bariloche

Este año pude viajar más de lo que nunca había viajado en un solo año. Pude conocer la ciudad de México y Cartagena, además de volver a otros lugares que ya conocía, pero sobre todo adquirí muchísima experiencia como viajera solitaria, algo que me divierte mucho, y me hace sentir que soy la mujer que quería ser de chica.

También fue un año de mucho crecimiento personal para mí, tanto individualmente como en pareja, dos aspectos en los que estoy manteniendo un equilibrio maravilloso que nunca antes había conocido.

Iba a escribir “gracias 2012”, pero creo que no sería justo. Es gracias a mi familia, mi novio, mis amigos, mis compañeros de trabajo, los desafíos que se me presentaron y los que vienen adelante.

Así que vayamos cerrando este año, que yo tengo que vestirme para festejar, y ustedes seguro que también.

Mi deseo, para mí, para ustedes, y para todos nuestros seres queridos, es que 2013 sea un año maravilloso, que supere a este que dejamos, y que dentro de 365 días nos encontremos escribiendo otro balance positivo.

¡Nos leemos el año que viene!

Adiós, lindo gatito

Esta mañana se murió mi gato Simón. Hacía meses que venía luchando contra su enfermedad en los riñones, deteriorándose muy rápido, y hoy su cuerpito dijo basta.

Ayer antes de irme de casa lo acaricié y le agradecí por todo el amor que nos dio en estos pocos años que lo tuvimos, desde esa mañana de marzo o abril, cuando yo todavía iba a la Universidad, en la que lo encontramos entre las plantas, asustado, con su ojo mocho y su cara de “no te acerques”. Lo que pensamos que iba a ser “un par de horas hasta que aparezca su dueño” se convirtió en un nuevo miembro de la familia, más pegote y amoroso de lo que hubiésemos podido imaginar.

Simon

Me imaginé que muy probablemente sería la última vez que lo iba a ver, y me siento en paz de haber podido despedirme.

Se murió tranquilo, dormido, mientras mi mamá (madraza, si las hay) lo acariciaba. Me llamó esta mañana para contarme lo que pasó, y que lo estaban llevando en una cajita para que quede cerca de Sol.

Todavía no pude llorarlo, aunque estoy reprimiendo algunas lágrimas mientras escribo esto. Creo que ya venía elaborando el duelo desde hace semanas, y siento alivio de qué él ya no va a sufrir más.

Adiós lindo gatito, fue hermoso tenerte en mi vida. Te amo y espero que algún día, del otro lado, me vuelvas a ronronear.

Espejismos propios

Hemos comprobado siempre que nuestro intelecto yerra muy fácilmente, sin que lo sospechemos siquiera, y que nada es creído con tal facilidad como lo que, sin consideración alguna por la verdad, viene al encuentro de nuestras ilusiones y de nuestros deseos.

En otras palabras: tendemos a tomar como cierta cualquier información que sea compatible con nuestro modo de ver las cosas, muchas veces sin cuestionarla. Y de la misma forma, nos resistimos a todo lo que no coincida con nuestra visión del mundo y de nosotros mismos.

Hay muchas cosas con las que no comulgo de los textos del querido Sigmund Freud. Pero este extracto de “Moisés y la religión monoteista”, de 1939, que recordé por un post de Esteban, es tan cierto que todos nos hacemos un favor si lo tenemos en cuenta cada día.

¿Y el alivio?

Esta semana se resolvió uno de los problemas de fondo más grandes que venía llevando en la mochila desde hace muchos años. Pero no me siento como creí que me sentiría.

Me imaginaba que cuando llegue el momento iba a ser como cuando me recibí, un momento de felicidad, de alivio, de pensar en el futuro y no poder creer que ese gran problema ya no iba a estar ahí.

Pero no, no pasó eso. Quizás porque es muy diferente de haberme recibido (alcanzar una meta que implica un logro personal). Aquí más bien nos sacamos un problema de encima, de la manera en que se pudo. Tuvo que morir una etapa de nuestras vidas para poder comenzar otra, de cero.

¿Será por eso que no me siento aliviada? ¿Será porque parte de mí está haciendo el duelo y sabe que hay mucho trabajo por delante?

Prefiero creer que en realidad es porque venía masticando este duelo desde hace tanto, que cuando llegó el momento ya lo tenía asumido, y el cambio vino con naturalidad.

Sea como sea, esta fue una buena semana. Lo que pasó es bueno, muy bueno, y esta Navidad mi familia y yo vamos a tener motivos para brindar, abrazarnos, y por primera vez en años, mirar al futuro con un poquito menos de miedo que el año anterior.

Extraño la vida offline

Ayer estuve todo el día en el Tigre, sin WiFi ni 3G. Comienzo asado, charlando con amigos, durmiendo la siesta.

Volver hoy al mundo digital me resultó mucho más chocante de lo que esperaba, creo que nunca me había causado este nivel de rechazo como hoy.

El stream de mensajes en Twitter me pareció tan superfluo, irrelevante para la vida “de verdad”. En lo que va del día no pude ni siquiera tirar 10 caracteres. No tengo ganas, no me nace. Me siento ajena y con ganas de desconectarme otra vez, poner todo el mundo digital en pausa. Congelarlo como a Walt Disney, que se quede quietito mientras yo hago mi vida, y volver a él cuando de verdad tenga ganas.

Por supuesto, el tiempo no para para nadie, y siento que dárselo a uno de estos mundos es quitárselo al otro.

Creo que la palabra que había elegido para este 2012 era “Priorizar”, y así que a eso se reduce la solución. Decidir internamente cuál es mi prioridad, y actuar en consecuencia.

Creo que hace muchos meses que vengo actuando por inercia, y diciembre es un buen mes para hacer un stop, recalcular, y seguir adelante de un modo más consciente.

El problema de no meterse

Yo soy de las que creen que cuando uno presencia una injusticia, tiene que ayudar de alguna forma. “Meterme” me causó algunos problemas de chica, pero si no es participando activamente para remendar esa injusticia, al menos uno puede ayudar de otras formas, como llevando la atención al problema, denunciando, etc.

Cuando quien sufre la injusticia es alguien con quien simpatizamos de alguna forma, es fácil saber de qué lado está uno. Pero cuando la “víctima” es alguien que nos cae mal, el terreno se pone un poco más pantanoso.

Yo creo que las ideas están más allá de las personas, y que si algo que está mal, está mal. No importa si a la que –por ejemplo– están insultando en Twitter sin justificación es la persona que peor me cae en el mundo, está mal, y como tal seguramente diga algo al respecto. Por el concepto, no por la persona.

Esto es algo que muchas personas no pueden separar, el concepto por un lado, y lo personal por el otro. Y por eso cuando alguna persona, entidad o gobierno se mete con otra entidad que le cae mal, aunque esté cometiendo un abuso, hacen la vista gorda. Y quizás hasta lo intenten justificar con cosas que no vienen al caso. Y esa víctima puede realmente ser una lacra, pero si el ataque es injusto, no importa si es a la Madre Teresa o a Ricardo Fort, sigue siendo injusto.

Pero el problema de no meterse, de hacer la vista gorda porque la víctima te cae mal, en el fondo, es doble.

Por un lado, por no poder hacer esa separación, y estar siendo hipócrita, y no defender valores que de tratarse de un amigo, sí defenderías.

Pero por otro, y en un nivel mucho más pragmático, es peligroso, y se te puede volver en contra.

Porque cuando defendés que cometan injusticias contra otros, estás dejando la puerta abierta a que las cometan contra vos. Sentás precedente, les das tu permiso.

Y entonces, ya no va a quedar nadie que te defienda.

Mi experiencia en First Business de United Airlines

Como les contaba mientras compartía con ustedes mi experiencia en Economy Plus de United Airlines, mientras estaba haciendo el web checkin, me salió una oferta para upgradearme a “First Business” para el vuelo de Houston a Miami. Y como viajar en la codiciada “primera clase” siempre fue uno de mis sueños (aunque la de cabotaje no se compara con la de vuelos internacionales), decidí aprovechar el precio promocional de $89 dólares.

(Nota: este fue un viaje de trabajo, pero tanto los upgrades a Economy Plus, como a First Business, me los pagué yo misma.)

Ya hacía 4 horas y media que estaba haciendo tiempo en Houston, así que la ventaja de abordar con el primer grupo fue más que bienvenida, quería sentarme rápido y de una vez por todas.

El asiento que elegí fue el 1F, adelante de todo y del lado de la ventanilla. La diferencia del tamaño del asiento se nota de una (entraba yo y cosas a mis costados), así como la calidad de los almohadones y el grado de reclinación del respaldo. Y ni les cuento el espacio para las piernas, podía estirarlas por completo.

Mientras esperábamos a que todos los pasajeros terminen de abordar, llegó el primer diferencial más allá de los asientos: nos ofrecieron cualquier bebida que queramos para tomar durante la espera. La azafata nos daba charla y estaba mucho más presente que en la cabina de turista. Más que una azafata, parecía una anfitriona.

Despegamos, y al poco tiempo nos ofrecieron no solo más bebidas sino unos platitos de cerámica con almendras y nueces calientes. Imagínense que para mí, que toda mi vida viajé en turista, tener un platito de cerámica en la mano en el avión me parecía de otro planeta. Sí, me maravillo con las pequeñas cosas, y me encanta que así sea.

Al poco rato nos dieron un servicio de almuerzo (en resto del avión solo tenía incluidas bebidas), que me sorprendió más todavía, ya que podíamos elegir la comida no entre dos opciones (ya saben, ¿pollo o pasta?), sino que entre una variedad elaborada en un menú.

Me terminé pidiendo una especie de burrito que me resultó un poco más picante de lo que hubiese deseado, pero que estaba riquísimo, y no dejaba de darme risa tener los platos de cerámica, el vaso de vidrio, y los cubiertos de metal. Viajar en primera significaba dejar atrás todo el folclore del avión al que estoy acostumbrada, y estar por un ratito en una burbuja “mimada”.

El resto del viaje fue más que apacible, sin turbulencia, con bebida cuando quisiera (tampoco tenía tanta sed), y con la azafata que venía, charlaba y hasta hacía unos truquitos de magia para los pasajeros de la fila de al lado.

Hace tiempo ya que viajo sin iPod ni reproductores musicales en general, y simplemente conecto mis audífonos al outlet del asiento. En este caso, los dejé sintonizados en la estación “pop”, más que adecuado teniendo en cuenta que me iba a Miami.

Dormí un poquito la siesta, leí otro poquito, y antes de darme cuenta nos estábamos preparando para el aterrizaje. En ese momento la azafata vino con unas toallitas húmedas mojadas para que nos refresquemos, y después sí, finalmente bajar a tierra. Literal y figurativamente.

La frutillita final del postre fue que cuando llegué a buscar mi valija a la cinta, me quedé sentada un rato esperando a que la misma arranque… hasta que me di cuenta que mi valija ya estaba allí, a un costadito, junto al resto de las valijas de First Business, lista para que me la lleve.

En conclusión creo que está de más decir que me encantó la experiencia y me gustaría poder viajar así siempre. Ahora bien, si no la hubiese encontrado a $89, y en cambio hubiese tenido que desembolsar los $260 que sale el upgrade a primera en ese vuelo, no sé si valdría la pena, sobre todo porque son pocas horas de vuelo.

Quizás sí se justificaría más si del avión hubiese tenido que ir directamente a trabajar (como suele pasar), y en ese caso las dos horitas en primera contrarrestan un poco los efectos de las 10 horas anteriores en turista.

Ojalá me vuelva a encontrar un deal así :)

Mi experiencia en Economy Plus de United Airlines

United Airlines tiene desde hace ya un tiempo una categoría especial dentro de su clase económica o turista que se llama “Economy Plus”, y que básicamente consiste en los asientos de delante de todo en la cabina turista, pero con un poco más de espacio para las piernas, y abordaje prioritario.

Para poder hacerse con uno de los asientos de Economy Plus hay que pagar un extra que ronda en los $100 dólares para viajes largos, y es por esa diferencia de dinero que nunca me llamó la atención, hasta que mi novio (que mide casi 2 metros) aprovechó esta categoría para un viaje largo y no paraba de recomendármelo.

Aprovechando un viaje de trabajo, decidí pagarme de mi propio bolsillo (el resto del viaje es por trabajo) el upgrade a Economy Plus… y me parece que es un viaje de ida. Figurativamente hablando, claro está.

No sé si será así siempre, pero con mi ticket de Economy Plus abordé con el primer grupo. El tiempo para abordar no me quita el sueño realmente, yo soy de las que se queda sentada esperando hasta que se termina la fila, sé que nadie me va a quitar el asiento. Pero abordar primero tiene una ventaja que no se me había ocurrido: entrás al avión y el pasillo está vacío, sin gente tomándose 10 minutos para guardar sus maletas, o familias paradas en los pasillos charlando como si no hubiese 100 personas haciendo fila para pasar a sus asientos.

Entré al avión, puse mi mochila abajo del asiento de adelante, y me senté tranquilísima a esperar que el avión se llene.

De inmediato se nota la diferencia de espacio para las piernas. Voy a ser sincera: a mí con mi poco-más-de-metro-y-medio de altura no me afecta demasiado, pero aun siendo bajita me dio más movilidad sin molestar al señor de al lado. Y si sos alto y tenés piernas largas, me imagino que debe ser una bendición.

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