Opuestos peligrosos

Opuestos

Hay opuestos que se atraen y se complementan, y forman un todo mejor que la suma de las partes.

Otros opuestos son peligrosos.

Uno de los peores, para mí, se da cuando dos personas que se quieren pero tienen dos visiones absolutamente diferentes de cómo encarar sus problemas.

Uno de ellos piensa «Hablemos ahora, antes de que sea un problema«.

Y el otro piensa «¿Para qué hablar, si no hay ningún problema?«.

La tragedia radica en que muy pronto se vuelve demasiado tarde.

Lucho por no ser una damisela en peligro

Me considero una mujer bastante independiente, dentro de todo. Tengo mi trabajo, mis proyectos, mis metas. No siempre fui así. Ni de cerca.

Princess Peach

Creo que esta descripción me encaja desde hace no mucho más de tres años. Antes de eso, era un desastre internamente.

No tenía mucha idea de qué quería hacer con mi vida, y emocionalmente dependía por completo de otros, aunque de eso no me di cuenta hasta que mi ex me dejó en el peor momento posible, cuando mi familia atravesaba una de sus peores crisis.

En diciembre de 2008 era, bajo cualquier óptica posible, una damisela en peligro, sin nadie que me pueda rescatar.

Lo bueno, lo maravilloso, es que la que me vino a rescatar fui yo sola. Me tomó un par de años, sí, pero ser mi propia heroína es algo que no cambio por nada. Es una de las cosas más valiosas que tengo.

Sin embargo, me avergüenza admitir que en estos últimos meses estoy haciendo un esfuerzo muy grande por no dejarme caer en la desesperación e intentar que alguien más se ocupe de mí. De volver a ser una damisela en peligro y que alguien –mi novio, mis padres, mi trabajo, lo que sea– me venga a rescatar. Que alguien más solucione mis problemas. Que me cuiden como cuando era chiquita.

Estoy cansada, esta heroína no quiere pelearla más.

Pero no bajo los brazos. No los bajo por miedo, porque nunca más quiero volver a ser esa persona, porque tampoco hay nadie que me pueda rescatar como a mí me gustaría, pero lo importante es que no los bajo.

Y quiero creer que después de que este tiempo en el que me siento tan perdida pase, voy a estar muy feliz y muy orgullosa de no haberlo hecho.

La odisea de la vuelta a casa, también por United

Nota: este post lo escribí hace como un mes, para publicarlo después de los otros dos en los que contaba mi experiencia viajando con United Airlines a Miami, pero me olvidé. Se los dejo ahora por si les sirve para planificar las vacaciones :)

Esta semana Hace alrededor de un mes les conté las lindas experiencias que tuve en Economy Plus y en Business First de United. Pero, desafortunadamente los romances se terminan, y para la vuelta a casa me encontré con el lado conflictivo de la aerolínea: cambio de aviones, chequeos de motores, y que no sirva de nada mi reserva online.

Vayamos por partes, como decía Jack.

Llegué al aeropuerto de Miami, me tuve que cambiar en el baño para pasar de pantalón y tacos, a calzas y zapatillas, y me fui a hacer el check in. Para mi sorpresa, al hacerlo, mi reserva de Economy Plus en ventanilla había desaparecido, y había pasado a estar ubicada varias filas más atrás, en la columna del medio, en el asiento del medio.

Con cara de pánico le digo al señor del mostrador que yo había pagado especialmente para tener el asiento en ventanilla, y él me explicó que «algo» había pasado, que los asientos habían sido reasignados, y que era imposible volver a moverlos ya que el vuelo (como pude comprobar más tarde) estaba completamente lleno.

Después de remarcarle que yo había pagada de más por ese asiento, amablemente me hizo un reintegro del dinero, sin que tenga que exigírselo ni reclamarlo. Eso es algo para destacar. Y me dijo que cuando llegue a Houston pregunte de nuevo, por si había alguna cancelación de último momento.

El tramo Miami-Houston sí lo pude hacer en Economy Plus y fue muy bueno, particularmente porque el avión iba bastante vacío, así que me ubiqué en una filita de 3 solo para mí, me estiré, y me pasé el par de horitas mirando Brave en mi tablet. Con lágrimas y todo, por supuesto.

Lo único es que, al igual que en los dos tramos de ida, me morí bastante de frío, razón por la cual decidí comprarme un buzo en IAH para no tener que pasar las 10 horas a Buenos Aires tiritando.

Cuando llegué al gate para el vuelo final, vi a muchas personas haciendo fila para charlar con las mujeres de los mostradores, el mismo plan que tenía yo para ver si podía recuperar la ventanilla.

No tardé en enterarme que el problema fue que decidieron usar otra aeronave, más chica, y que por lo tanto todos los asientos se habían re-asignado. Y eso que yo viajaba sola, parejas y familias también fueron reasignadas, y quedaron esparcidos por todo el avión.

Para abordar hice bastante rápido, y con resignación me ubiqué en mi asiento del medio en el medio, mientras veía el doble circo que se iba armando a medida que subía la gente: todos hablando entre sí para cambiarse los lugares y lograr unir a las familias, mientras que por el nivel de ocupación del vuelo no había lugar para todos en los compartimentos superiores y se mataban por hacer entrar sus carry-ons. (Nota aparte, las aerolíneas tienen que ponerse firmes con no dejar subir a la gente con más de dos piezas, y no pueden ser las dos valijas.)

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¿Y el alivio?

Esta semana se resolvió uno de los problemas de fondo más grandes que venía llevando en la mochila desde hace muchos años. Pero no me siento como creí que me sentiría.

Me imaginaba que cuando llegue el momento iba a ser como cuando me recibí, un momento de felicidad, de alivio, de pensar en el futuro y no poder creer que ese gran problema ya no iba a estar ahí.

Pero no, no pasó eso. Quizás porque es muy diferente de haberme recibido (alcanzar una meta que implica un logro personal). Aquí más bien nos sacamos un problema de encima, de la manera en que se pudo. Tuvo que morir una etapa de nuestras vidas para poder comenzar otra, de cero.

¿Será por eso que no me siento aliviada? ¿Será porque parte de mí está haciendo el duelo y sabe que hay mucho trabajo por delante?

Prefiero creer que en realidad es porque venía masticando este duelo desde hace tanto, que cuando llegó el momento ya lo tenía asumido, y el cambio vino con naturalidad.

Sea como sea, esta fue una buena semana. Lo que pasó es bueno, muy bueno, y esta Navidad mi familia y yo vamos a tener motivos para brindar, abrazarnos, y por primera vez en años, mirar al futuro con un poquito menos de miedo que el año anterior.

Sueños, sueños, sueños

Anche casi no dormí. Bah, aparentemente sí dormí, pero lo que no logré fue descansar.

Di muchas vueltas en la cama, me desperté varias veces, dormité un rato largo y, las veces que logré dormirme, tuve sueños que me perturbaban.

Creo que lo más molesto es dormitar, odio cuando me pasa. Estoy tirada en la cama entre dormida y despierta, con una situación a la que le doy vueltas, y vueltas y vueltas. Estoy metida en la situación, no soy consciente de su irrealidad, pero tampoco estoy descansando. Anoche, dormité con que estaba en un micro escolar, y tenía que presentar un trabajo práctico que no había hecho, para una Universidad muy prestigiosa. Había otros detalles que no vienen al caso, pero era molesto. De hecho, me levanté un rato de la cama y tardé en recordar que ya terminé la carrera.

Además tuve muchos sueños, todos relacionados con distintos aspectos de mi vida: laboral, familiar, personal. Y en todos los sueños tenía problemas, o situaciones que me angustiaban.

En muchos de mis sueños no podía hablar. Alguien me quería atacar y no podía gritar. O me llamaban por teléfono y no podía ni siquiera contestar quién era.

Justo el martes les decía a mis alumnos que, para Jung, los sueños son una manifestación del estado actual de la psique. Digamos, una expresión de lo que nos está pasando. Claro que me pasan muchísimas cosas buenas, pero anoche, mi mente me pasó una película de todas las que me preocupan. No espero con ansias una secuela.

Foto: jjambien1

El problema de fondo

Problema de fondo

Tener un problema de vez en cuando no está tan mal. Son desafíos grandes o pequeños que nos ponen ante situaciones en las que podemos sacar lo mejor de nosotros mismos y crecer como personas.

Pero lo que no me gustan, me tienen cansada y me drenan la energía de a poco, son los problemas de fondo.

Se me dio por llamar de esta forma a esos problemas que no podemos resolver (ya sea porque no nos animamos, o porque simplemente exceden nuestro dominio y no hay nada que podamos hacer), y que están ahí, en el fondo de nuestra mente, recordándonos que por mejor que estés en cualquier área de tu vida, hay algo que aún no está resuelto.

Tengo un par de problemas de fondo con años de antigüedad que escapan por completo a mi accionar, y para los cuales no puedo hacer más que aceptarlos y tener esperanza en que eventualmente se resolverán. A veces me cuesta mucho.

Mientras tanto, fantaseo con cómo será ese día. Me acostumbré a vivir con estos problemas, y me imagino cómo será cuando ya no estén (porque quiero creer que algún día no estarán más). El alivio gigante que debe ser que finalmente esa piedra que llevabas en la espalda ya no sea tuya para cargar. ¿Cómo será? ¿Cómo se sentirá?

De momento, hay algo que sí puedo hacer. Aunque no puedo controlar las circunstancias externas, sí puedo proponerme a estar bien yo mientras tanto. A veces es más fácil, otras veces no tanto, pero está en uno el tener la fuerza para estar bien en su propio mundo interior, aunque el exterior esté en plena tormenta.