El sábado falleció mi abuelo

No sabía como titularlo, así que eso. El sábado falleció mi abuelo y me tocó despedirlo a la distancia.

No es el lugar ni el momento para explayarme sobre el tema, pero me parecía que no podía seguir como si nada sin al menos mencionarlo.

Toda la vida voy a estar orgullosa de ser su nieta. Fue el mejor abuelo del mundo. Me contaba cuentos y me sacaba chocolates de la panza. Y lo voy a extrañar horrores.

La mejor forma de honrarlo es disfrutar del viaje a pesar de la tristeza, y en es estoy.

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Nadie merece morir por un error

¿Alguna vez cruzaron una calle, aunque el semáforo no esté a favor, solo porque no venía ningún auto? Qué pregunta la mía, seguro que sí. Todos lo hacemos, todo el tiempo.

Morir por un error

Y seguramente les pasó que alguna de esas veces, a lo lejos, venía un auto acelerando aunque los vieran cruzar. Sí, estás cruzando mal y el auto tiene derecho a pasar. El auto acelera apurándote, desafiándote, mostrándote quién es el dueño de la calle.

Terminás de subir rápido a la vereda y medio segundo después sentís la ráfaga de aire del auto a toda velocidad a tus espaldas. Una velocidad habilitada pero innecesaria.

Cada vez que un auto «apura» a un peatón que está cruzando mal, pienso si no se dan cuenta de lo peligroso que es. Que si el peatón, en todo su error, llega a frenar o se tropieza, lo matan.

Nadie merece morir por un error
. Y estoy segura que nadie quiere vivir con una muerte en su consciencia solo por «tener el derecho» a acelerar el auto. Pienso un montón en eso.

De la misma forma que el que sale a manejar borracho no solo se pone en riesgo a sí mismo sino a todos los que compartan su camino, es mejor movernos sabiendo que el otro puede cometer errores, y que por más equivocados que estén, como humanos tenemos que cuidarnos entre todos.

Hoy vi en Facebook esta publicidad sobre conciencia vial, y me alegra saber que no soy la única que lo piense así.

Adiós, lindo gatito

Esta mañana se murió mi gato Simón. Hacía meses que venía luchando contra su enfermedad en los riñones, deteriorándose muy rápido, y hoy su cuerpito dijo basta.

Ayer antes de irme de casa lo acaricié y le agradecí por todo el amor que nos dio en estos pocos años que lo tuvimos, desde esa mañana de marzo o abril, cuando yo todavía iba a la Universidad, en la que lo encontramos entre las plantas, asustado, con su ojo mocho y su cara de «no te acerques». Lo que pensamos que iba a ser «un par de horas hasta que aparezca su dueño» se convirtió en un nuevo miembro de la familia, más pegote y amoroso de lo que hubiésemos podido imaginar.

Simon

Me imaginé que muy probablemente sería la última vez que lo iba a ver, y me siento en paz de haber podido despedirme.

Se murió tranquilo, dormido, mientras mi mamá (madraza, si las hay) lo acariciaba. Me llamó esta mañana para contarme lo que pasó, y que lo estaban llevando en una cajita para que quede cerca de Sol.

Todavía no pude llorarlo, aunque estoy reprimiendo algunas lágrimas mientras escribo esto. Creo que ya venía elaborando el duelo desde hace semanas, y siento alivio de qué él ya no va a sufrir más.

Adiós lindo gatito, fue hermoso tenerte en mi vida. Te amo y espero que algún día, del otro lado, me vuelvas a ronronear.

Nada

Hoy no puedo escribir, no encuentro la inspiración, me faltan las ganas. Hasta respirar me cuesta.

Sé que la vida es así, que lo que un día te da, al día siguiente te lo quita, y aprendí a vivir sabiendo que nada es para siempre (o por lo menos, que viviremos con la incertidumbre hasta el último día).

Pero hay pérdidas que te toman por sorpresa y te dejan pensando mil cosas sobre tu vida, y tratando de digerir como puedas que alguien a quien querías mucho simplemente ya no está.

El viernes a la noche falleció mi querido amigo Alfredo, 30 años tenía nada más. Con él compartí un montón de momentos buenos, y fue una persona en cuya compañía siempre me sentí segura.

Creo que en el fondo todavía no caigo en la pérdida. Casi todo el fin de semana estuve ocupada sosteniendo a otros y para cuando quise sentarme a asimilar lo que pasó, el momento de llorar había pasado y lo único que me queda es un silencio profundo y un vacío grande.

Nada.

Somos inconscientes

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Cualquiera de nosotros cruza mal la calle, seguros de que vamos a poder llegar al otro lado antes que el auto llegue a nosotros.

Cualquiera de nosotros no se pone el cinturón de seguridad en el taxi, total el viaje es corto y la ciudad no es tan peligrosa.

Cualquiera de nosotros fuma, porque el alivio temporal de la nicotina es más importante que alguna consecuencia remota, que de todas formas seguro no le pase a uno.

Cualquiera de nosotros no usa preservativo alguna vez, porque seguro que la otra persona es de confianza, con una vez no pasa nada.

Cualquiera de nosotros decide volver manejando, total solo fueron dos copas de más.

Cualquiera de estas frases puede aplicarse a vos, o a mi, o a un amigo, o a un familiar.

Y no lo hacemos porque no sepamos los riesgos. Sabemos que el cinturón de seguridad puede ser la diferencia entre un brazo roto y morir contra el asfalto, sabemos que una sola vez puede bastar para contagiarte HIV, sabemos que el cáncer de pulmón está matando cada vez a más gente (y si no te mata, te hace pasarla muy, muy mal). Lo sabemos.

Creo que no somos conscientes de nuestra propia mortalidad, que lo «sabemos», pero no lo llegamos a entender, estamos seguros que podemos hacer lo necesario para seguir vivos.

Hasta que pasa algo que te recuerda que la vida se puede terminar en cualquier momento, y entonces te das cuenta que estabas dando mucho por sentado.

Juani

Anoche soñé con ella.

Era parte de un sueño más grande, una temática recurrente en mí: estoy corriendo, escapando de algo o alguien en algún enorme edificio lleno de escaleras. Subo y bajo, me meto en corredores estrechos, con la esperanza de que quien me persigue pierda mi rastro.

Y entonces, después de subir y bajar incontables tramos de escalones, llego a un lugar cálidamente iluminado, y ahí está ella.

Está radiante, en camisón blanco con algún estampado delicado, casi infantil. Su piel se ve sana, hermosa, su pelo lacio, abundante. Está bailando, y yo sé que va a estar todo bien, que ella está ahí.

Me despierto, no recuerdo el sueño hasta un par de horas más tarde. Escribo esto desde el 5 para no olvidarme.

Con lágrimas en los ojos, recuerdo que aunque su cuerpo se haya muerto hace meses, está viva en el corazón de todos los que la amamos, y a los que ella amó tan incondicionalmente.

Y si hay un cielo, sé que desde ahí arriba me cuida, y que algún día, dentro de muchos años, la voy a abrazar de nuevo, y agradecerle todo el amor que me dio en vida.