Todo lo que no necesitas

En un mundo en el que siempre necesitamos tener más (más plata, más amigos, más cosas), me puse a pensar que a veces la felicidad no está en tener más de cualquier cosa, sino en tener menos de las cosas que no nos hacen bien, todo lo que no necesitamos.

Dejemos ir la necesidad de tener siempre la razón. La última vez que revisé, el mundo no se terminó cuando admití que estaba equivocada. Les juro.

Cortemos con las críticas y los chismes. Hablar mal a espaldas de alguien, solamente habla mal de nosotros mismos. Mi regla personal es que si no le diría algo en la cara a una persona, entonces no lo voy a decir a sus espaldas.

Perdonemos los errores que cometimos en el pasado. Hagamos el compromiso sincero de no volver a hacerlo, pidamos las disculpas necesarias, y dejémoslo ir. Castigarnos toda la vida no soluciona nada.

Soltemos las quejas. Sí, a veces las cosas no salen como queremos. Se llama vida.

Si no te gusta como son las cosas, hay que hacer algo para cambiarlas. Si no estás dispuesto a intentar cambiarlas, no te quejes. Y si es algo que está completamente fuera de tu control… no pierdas tu energía quejándote. Solo la vas a pasar peor.

Dejemos ir los apegos. El chico o la chica que no te corresponde, el viaje que no pudo ser, las cosas a las que nos aferramos por miedo al cambio… solamente soltando podemos hacer lugar en nuestras vidas para que lleguen cosas nuevas y mejores.

Soltemos los miedos y las ideas que nos impiden crecer. No es fácil, pero les prometo que vale la pena.

Y cuando lo hagan, vengan y cuéntenme cómo les está yendo.

Volver a sonreír :)

El año pasado, tuve unos meses en los que la pasé realmente mal, ¿se acuerdan?

La verdad estaba muy triste y enojada, y había entrado en un círculo vicioso del cual me costaba mucho salir.

Es que claro, había muchas situaciones externas sobre las cuales no tenía ningún control y no podía cambiar, como la depresión de mi madre o la bancarrota de mi familia.

Pero me había olvidado que había cosas que yo sí podía hacer para estar mejor, para volver a sonreír.

Esto fue lo que hice para devolverle un poco de felicidad a mis días:

Así que esto es lo que se siente cuando llegás a la final…

Argentina a la Final 2014

La última vez que Argentina salió campeón, yo tenía un año. Mis papás me cuentan que me llevaron al balcón a tirar papelitos, pero por supuesto que yo no lo recuerdo.

La última vez que llegó a la final fue en el ’90, y tampoco lo recuerdo. Nada eh, ni un poquito. Recién recuerdo el mundial ’94 vagamente, la cara drogada de Maradona, no mucho más.

Desde el ’98 hasta ahora solo recordaba decepciones, razón por la cual para mí, el «Argentina campeón», el «Volveremos, volveremos», era solo una leyenda. Algo que pasó en una época anterior pero no en la mía, no en mi realidad, no en mi Universo.

Y entonces ayer pasamos, agonizando hasta el último segundo, a la final del Mundial.

No les puedo explicar lo que se siente. Definitivamente no me lo esperaba, nunca me gustó demasiado el fútbol, apenas si veo los partidos del Mundial cada 4 años. Me parecía una exageración todo lo que los demás contaban.

Pero ahora aquí me tienen, feliz, extasiada, eufórica, sonriendo sin motivo aparente, y con algo que si no es felicidad, le pega en el palo.

No sé qué es. No es patriotismo –mi país sigue siendo el mismo que hace un mes. No me siento más ni menos orgullosa de ser argentina (aunque sí me dan orgullo los jugadores y el plantel técnico).

Es la sensación de que AL FIN hay algo que nos pone contentos a los +40 millones al mismo tiempo. Sin banderas políticas, solo con la alegría de que eso que parecía una leyenda, se está convirtiendo en realidad.

No sé qué va a pasar el domingo, pero todo valió la pena. Solo por esta sensación hermosa de poder ir a la final, y que esa bella leyenda que me contaban mis papás sea tan tangible, tan real.

Así se siente. Se siente felicidad, y miedo, y compañerismo, y buen humor, y vamos Argentina carajo que estamos ahí nomás!!!!

Mi balance de 2010

Puedo decir sin temor a exagerar que 2010 fue el año más intenso de mi vida. Me pasaron tantas cosas buenas y malas que cuando las recuerdo siento que tuvieron lugar durante al menos 5 años, y me cuesta entender que pasó todo en el mismo período de 12 meses.

Para empezar, mi comienzo de año fue fabuloso, en Las Vegas con el CES y luego de vacaciones en Los Angeles, donde conocí muchos lugares con los que siempre había soñado. Pero cuando volví a aterrizar en Buenos Aires, las cosas se fueron poniendo más y más difíciles.

Es así como mi 2010 se dividió en dos mitades muy claras. La primera fue triste, pesada, oscura, llena de dolores y lágrimas.

En un período de menos de dos meses tuve que hacer 3 duelos que aún hoy me hacen llorar cuando me toman desprevenida.

El primer golpe llegó con la muerte de mi tía Juani, a quien se la llevó un ACV. No fue traumático y agradezco que para ella haya sido rápido y sin sufrimiento. Ya era grande y después de una vida en la que la peleó como pocos, llegó su momento de descansar en paz. Sin embargo, nunca había sentido de grande el dolor de perder a alguien que te haya amado en una forma tan incondicional. El vacío que dejó en mi vida y la de toda mi familia va a ser imposible de llenar, y las lágrimas que derramamos al recordarla en la cena de Navidad no son más que el signo de todo el amor que le tuvimos, y que ella nos dio. Hoy, solo quiero estar agradecida por haber tenido la gran suerte de ser su sobrina.

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Escribiendo sobre la esperanza en momentos de tristeza

Al ojo del lector observador (y bueno, del no muy observador también) no cuesta darse cuenta que estoy atravesando un momento muy difícil de mi vida personal. Habiendo sido una mujer muy positiva y optimista toda mi vida, me encuentro lidiando hace meses con problemas que cada vez se ponen peores, y con la sensación de que lo peor aún no ha sucedido, y que cada día cuesta más seguir adelante.

Lo que seguramente no sepan es que mi trabajo final para tener finalmente la ansiada licenciatura en psicología es sobre las emociones positivas, el optimismo, la esperanza, la felicidad y la psicología positiva en general.

No les puedo empezar a explicar lo difícil que es afrontar este tema en mi estado. Cuando tenés los ojos llenos de lágrimas y sentís una opresión terrible en el pecho, escribir sobre los efectos positivos de la esperanza sobre la salud parece una broma de mal gusto, y sobre el optimismo, se me ocurren muchas cavidades corporales donde podría mandarlo a guardar.

Son muchos los días en los que siento que muero de tristeza, y la esperanza es como una vela que se está consumiendo, y que siento que en cualquier momento se va a apagar.

Pero no voy a cambiar de tema. Voy a hacer mi trabajo sobre estos temas que algún día fueron tan cercanos y hoy me parecen pertenecientes a otra galaxia. Y lo voy a hacer porque creo firmemente en ellos. Creo que como profesional no solo puedo apuntar a curar enfermedades, sino ayudar a tener una vida lo más plena posible.

Y porque, al fin y al cabo, es lo que quiero para mi vida también: una vida plena y con toda la felicidad que pueda tener en ella. Y todavía creo que es posible.

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Domingo por la mañana

Es domingo a la mañana. Afuera está nublado y seguramente se largue a llover pronto. Dormí más de 10 horas de corrido. No me extraña, ayer pasé un hermoso día fuera de casa y había vuelvo agotada.

Con el cuerpo descansado abro los ojos y no me quiero mover de entre las sábanas, quiero seguir así todo el día. Me levanto un minuto para saludar, agarrar la netbook y volver a la cama. De fondo suena el OST de Caprica y el clima es perfecto. Digo en voz alta que no me quiero levantar y me avisan que ya está el desayuno. «Siempre sobornándome con comida» les digo en broma. Y, en el mismo tono, agrego que sería genial desayunar en la cama.

Al rato se aparece mi papá con una bandeja con té con leche, tostadas y Mendicrim (del común, no del light, obvio). Yo rebalso de alegría. Porque me encanta que me mimen.

Mientras termino de escribir esto, ya se largó a llover. El cielo está muy oscuro, me encanta cuando está así. Ya filmé la vista de mi habitación cuando llueve para llevarme a la casa nueva.

Momentos como este me hacen sentir en paz absoluta. No abundan en mi vida, pero existen, están, y esos poquitos, cuando aparecen, quiero recordarlos, que sean mi ancla cuando el mar está en plena tormenta.

Y hoy es uno de esos. La vida puede cambiar de un minuto a otro, pero ahora, estoy desayunando en la cama, con linda música de fondo, una tormenta afuera y todo un día por delante. Y soy bastante feliz.

Y me pareció lindo que este, así, sea mi post número 100.

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Mi vida cambia mañana

Books

Son casi las 6 de la tarde. Las agujas del reloj siguen corriendo, y por más que lo intente, no puedo concentrarme en los resúmenes de Cognitiva que tengo preparados hace meses. Es que mañana cambia todo.

No es que vaya a ser mi primer título. Con 24 primaveras encima, esta licenciatura va a ser mi segundo título profesional, algo que me alegra mucho. Lo que cambia todo es el hecho de que, por primera vez desde 1988, voy a dejar de ser estudiante. No más cursadas, no más exámenes, no más trabajos prácticos ni materias que no me gusten. Tampoco más tardes divertidas estudiando con amigos, ni materias que me encanten, y sobre todo, no más excusas para demorar “salir al mundo”.

Mañana doy mi último final, y después de él, el mundo es mío para que haga con él lo mejor que pueda, o lo que me anime, o lo que se me presente. El tiempo será mío para aprender a distribuirlo. Mi trabajo, que ya me encanta, empezará a ser la actividad central de mi día, y la pregunta de “¿Qué vas a hacer después de que te recibas?” ya no podrá ser contestada con “Lo pienso cuando termine de rendir”.

Mañana cambia todo. Y estoy feliz y nerviosa y ansiosa y mil cosas que, aunque las haya estudiado durante tantos años, me sobrepasan. Y me gusta que así sea.