Hay que ponerle huevo

«Hay que ponerle huevo» le dije a mi mamá por teléfono hace un rato.

Mi viejo tuvo dos convulsiones hoy; es la primera vez que pasa eso y la verdad nos asustamos bastante, aunque la rutina de la crisis epiléptica ya nos la sabemos de memoria.

A mi me da muchísimo miedo. Miedo de que esto termine matando a mi mamá (directa o indirectamente), miedo a que potencie la ansiedad de mi mamá, y sobre todo, miedo a que caigamos en un círculo vicioso en el cual cada nuevo golpe nos predisponga peor para el siguiente.

Por eso hay que ponerle mucho huevo, para reponerse rápido, y seguir remándola.

Mucho, mucho huevo.

Mala noche

A las 4:30 de la mañana me despertó el ruido de algo que se caía y se rompía en algún lugar del departamento.

Cuando tu papá tiene –entre varios problemas de salud– epilepsia, escuchar un ruido así es aterrador. Te imaginás lo peor, porque lo peor está siempre a la vuelta de la esquina.

Salí corriendo, prendí las luces y lo encontré bien, parado, rezongando porque había tirado un florero sin querer mientras trataba de apagar el aire acondicionado. El piso estaba lleno de vidrios y yo le había pasado corriendo descalza por al lado. No me destruí el pie de casualidad.

Volví a la cama pero me costó dormir, la adrenalina no es algo que se vaya así como así. Di mil vueltas hasta que caí en un sueño en el cual no me querían, y yo me cansaba de intentarlo.

No es extraño que me haya quedado dormida a la mañana; el despertador sonó y le apreté snooze hasta una hora después. Espero que el resto del día sea mucho mejor.