Qué hubiera pasado si…

Socially awkward

De todos los «qué hubiera pasado si…» de mi vida, hay uno muy inocente pero que de alguna forma siento que fue un presagio de mi vida social durante los años del secundario.

Esta situación tiene un elemento en común con varios otros puntos de inflexión para mí: mi elección de priorizar mi comodidad o gusto personal por sobre el reforzar vínculos con mis compañeras.

Algo que hoy en día sigo haciendo, gracias por preguntar.

Fue cuando estaba en séptimo grado de la primaria. Por esa época yo estaba obsesionada con unos dibujitos que pasaban en Cartoon Network, y cuando una compañerita con quien íbamos a cambiarnos juntas a un nuevo colegio para comenzar el secundario me invitó a la casa después del cole, le dije que no.

No quería decirle que era para quedarme en mi casa viendo los dibujitos. Entonces ante el cuestionamiento de ella –y de su madre, y de la mía– de por qué «no podía» ir a jugar a lo de esta nena, terminó sonando a que yo estaba metiendo excusas para no ir.

Finalmente en el nuevo colegio nunca terminamos de ser del todo amigas, y me pregunto qué hubiera pasado si hubiese priorizado construir ese vínculo.

No lo lamento, ni me arrepiento, ni creo que me haya perdido de nada (ni ella tampoco). Solamente me pregunto qué hubiese pasado.

El largo plazo también existe

El burro de Buridan está a medio camino entre una pila de heno y un balde de agua. Mira de un lado al otro, tratando de decidir entre el heno y el agua. Sin poder tomar una decisión, eventualmente se cae y muere de hambre y sed. El burro no podía pensar en el futuro. Si hubiese podido, se hubiese dado cuenta que podría haber tomado el agua primero, y comido el heno después. Solo necesitaba previsión y paciencia.

Hay días en los que me siento como ese burro. Me debato entre las cosas que quiero para mi vida y me paralizo, me frustro, me desespero. Quiero crecer laboralmente pero quiero tiempo libre, quiero dedicarme a mis proyectos pero me interesa desarrollarme en el servicio para otros. Siento que todo se me juega ahora mismo, y me olvido que existe también el mañana.

Y es que aunque soy firme creyente de que uno tiene que perseguir sus sueños en el presente, últimamente me olvido que también existe (al menos muy probablemente) un mañana. Que todavía soy chica, que puede bien haber un momento para tomar agua, y otro para comer heno.

Mi mantra de estos días: «hay un momento para todo»