Los primeros cambios en mi cuerpo por correr

Hace algunos días les comentaba cómo una de las cosas más gratificantes de esta experiencia de entrenar y aprender a correr es el hecho de no hacerlo por la apariencia física –al menos, no exclusiva ni principalmente.

Sin embargo, me pareció divertido contarles los cambios que noto en mi cuerpo ahora que ya hace un par de meses que salgo a correr con regularidad.

Lista para correr

Lo primero es que respiro mucho mejor. MUCHO mejor.

De las rodillas para abajo, hubo magia. Mis gemelos están cada día más marcados y firmes. A veces me toco ahí y parece que son de piedra. Increíble.

De las rodillas a la cintura la cosa se puso complicada. Mis músculos se “activaron”, y por lo tanto están más turgentes en mis piernas y también en la cola. Todo está mucho más firme, pero también significa que mis pantalones me aprietan.

No sé si esto es exclusivamente por correr, porque aunque me dijeron que era algo esperable que pase, tampoco tengo los hábitos alimenticios más saludables del mundo, y esas Frutigran de chocolate que son mi perdición a las 5pm, (entre, ejem, otras delicias) podrían tener algo que ver.

Tampoco sé si subí de peso realmente, no tengo balanza y no me obsesiono con eso. Pero mi guía siempre es cómo me queda mi ropa, y la verdad es que los pantalones me quedan más ajustados.

Estoy debatiéndome internamente si debería empezar algún plan para bajar de peso y mantener el talle, o simplemente aceptar que con el ejercicio vienen los músculos, y entregarme a un talle más. Todo dentro de lo saludable, por supuesto.

Mi panza no está más chata, pero sí más firme, al igual que los brazos. Uno piensa que correr es todo sobre las piernas, pero en realidad se usan muchísimos músculos, y me copa ver que hasta mis brazos se están beneficiando por el ejercicio.

Cuando doy mis vueltas corriendo veo a otra gente mucho más avanzada que yo, y admiro cómo se nota que no tienen nada de grasa en sus piernas o panzas. No todos son delgados, hay gente de todos los tamaños, pero se les nota en la piel que abajo de eso es todo músculo o fibra.

Me pregunto si será por el ejercicio solamente, o si además harán planes de comida especiales, algo que en realidad tendría sentido si son personas que corren mucho más y necesitan alimentar su cuerpo en consonancia.

En fin, veremos cómo sigue esto de acá a dos, cuatro o seis meses. Mientras tanto, esta blogger usa más calzas y menos jeans, porque quiere estar cómoda y disfrutar de que puede hacer cosas que antes no, aunque eso signifique estar un poquito más hinchada.

Más linda que nunca

El fin de semana él encontró unas fotos de mi adolescencia que no sé cómo estaban tan a mano. De nada me valió tratar de sacárselas, ojeó casi todas mientras yo me moría de vergüenza.

Siempre fui terriblemente crítica con mis fotos, casi nunca me gusta cómo salgo, y la adolescencia no fue excepción. Pero a diferencia de otras etapas de mi vida, que en ese momento no me gustan y con el paso de los años desaparece la crítica y veo esas fotos con amor, esta vez me seguía pareciendo un espanto.

El pelo inflado y mal teñido, el sobrepeso, los aparatos fijos en los dientes. Hasta lo inadecuada que me sentía se notaba en las fotos. Físicamente, mi peor época.

Ah, pero todo eso tiene un lado positivo. Y es que nunca voy a ser una de esas mujeres cuya edad dorada quedó en los dieci-algo. No señores, a mi el paso del tiempo me sienta bien.

Me alegra saber que hoy, aún con los cien defectos que podría encontrarme, me siento físicamente mucho mejor que cuando era más chica.

Me gusta no tener épocas mejores que añorar, sentir que el presente es mejor, y que mañana puede serlo más aún.

PD: Imposible decir el título sin pensar en “el gurú”.

Asociaciones

Despertar

Una de las cosas que más me fascinan del cuerpo y la mente humanas es la capacidad que tenemos de condicionarnos ante ciertos estímulos, y que esa asociación de eventos perdure mucho tiempo después.

Por ejemplo, yo tengo una política de despertarme con canciones tranquilas. Los sobresaltos a la mañana con el clásico “piripipí” a todo volumen no me gustan. Cuando decidí empezar a poner música tranqui en el despertador, una de las canciones que elegí fue Buachaill on Eirne, de The Corrs. Muy suave y además en un idioma que no conozco. Ideal. Me encantaba despertarme así.

Claro que despertarse significa muchas cosas, y más en la vida de una universitaria en su último año de clases. Significa interrumpir preciosas y escasas horas de sueño, saber que hay un día larguísimo por delante, que hay que afrontar el frío de Buenos Aires en invierno por la mañana, y, algunas veces al mes, salir del estupor del sueño para tomar consciencia amargamente que hay examen y que solo quedan un par de horas para terminar de repasar.

Es así como Buachaill on Eirne, aún agradable para mis oídos, empezó a generarme una serie de sensaciones no tan agradables en el cuerpo. Si iba por la calle y sonaba en mi iPod, en seguida la cambiaba. Si aparecía en mi reproductor multimedia mientras trabajaba, inmediatamente me sentía nerviosa y una sensación de frío me bajaba por la espalda.

De hecho hoy, a un par de meses de haberme recibido y saber que ya no me esperan esos despertares llenos de preocupaciones (quizás vengan otros, con otras preocupaciones, pero ya no esos), cuando me cruzo con Buachaill on Eirne tengo que cambiarla. Porque mi cuerpo se condicionó, mi mente lo asocia con esas épocas y no quiere saber nada al respecto.

Así nos pasa con todo. Un lugar, un tono de voz, un perfume, una frase. Lo mejor es cuando nos pasa, pero en positivo. Cuando algo se asocia a un momento tan bueno de tu vida que, cuando aparece en el presente, nos evoca sensaciones placenteras por más que estemos caminando en el microcentro con 45º de sensación térmica.

Quiero más de esos.

Foto.