Desaparecida en acción

Cecilia Saia Salón del Automóvil

Estos últimos días estuve escribiendo y tuiteando muy por debajo de mi promedio. Comento esto como un hecho, sin casi el menor atisbo de culpa, ya que las prioridades son prioridades, y de eso me estoy ocupando.

1) Ya estoy bien establecida en la casa nueva, y ahora viene el proceso de optimizar el espacio. Me divierte.

2) Sabía que mantener una casa más o menos ordenada lleva tiempo, pero por el amor de Cristo, ¡cuánto! Y eso que solo somos dos personas en un dos ambientes re chico.

3) No todo es trabajo, fui a Final Fantasy: Distant Worlds y no solo disfruté de un concierto increíble sino que lo conocí a Nobuo Uematsu. Pronto les voy a contar detalles en Acceso Directo.

4) También hay trabajo que parece diversión, como los dos streamings que hice para Ford desde el Salón del Automóvil. Una experiencia buenísima y que me llena de orgullo.

Junio fue un mes más que intenso, a tal punto que esta última semana sentí que estaba en la universidad de nuevo.

Espero que julio tenga tantas o más cosas buenas, pero a un ritmo más calmado, para que pueda hallar mis rutinas en esta nueva vida y espacio para escribir, que es en este momento lo que más extraño.

Rehén de mi propio cuerpo

Volví. Bueno, casi, pero ya poder escribir es suficiente.

Después de haber pasado un muy lindo cumpleaños, y de casi terminar la mudanza a las apuradas el domingo, me enfermé. Me enfermé fulero.

El domingo a la tarde pensaba que eran nervios o estrés por la mudanza, pero cuando me empezó a subir la fiebre y no podía bajarla, no me quedó otra que llamar al médico, que me diagnosticó no una, sino un grupito de enfermedades: gripe, angina, catarros y sinusitis. Todo al mismo tiempo.

La gripe a esta altura del año no le es ajena a nadie, pero hacía mucho que no me sentía tan rehén de mi propio cuerpo. Por lo general reacciono muy bien a analgésicos y antibióticos; de hecho, es normal que después de la primera toma me sienta inmediatamente mejor. Casi un efecto placebo, les diría.

Esta vez fue diferente. El paracetamol solo me daba un par de horas libre de fiebre, para que ésta después vuelva con toda su furia, impidiéndome moverme de la cama o del sillón, muerta de frío, con los ojos ardiendo y el cuerpo dolorido. Cuando no estás acostumbrada a que la fiebre vuelva una, y otra, y otra vez, la recurrencia te asusta. No les voy a negar que hasta temí tener la Gripe A, pero por suerte no fue el caso.

Lo que peor me tenía era tener la mente tan nublada. No era solo el cuerpo, mentalmente no podía hacer nada, no podía concentrarme, ni siquiera leer.

Claro que lo que les cuento es probablemente una de las experiencias más universales, a todos nos pasa cuando estamos enfermos, no es nada nuevo.

Pero me sentí tan desconectada estos días, tan existencialmente sola dentro de mi cuerpo (a pesar de haber estado increíblemente cuidada), que tenía ganas de ponerlo afuera, sacarlo, compartirlo, y empezar a cerrar lo que espero sea el último episodio patológico del año. O de mi vida, si pudiera elegir.

PD: Lo peor es empezar a recuperarme, y antes de poder ponerme contenta, enterarme que otra vez chocaron trenes. No que tenga nada que ver con esto, pero hay cosas que duelen tanto que no mencionarlas aunque sea en un P.D. es imposible.