Inhumana

Hace algunos días me encontré temprano –plena hora pico– en la autopista.

Al principio el tránsito fluía relativamente bien, hasta que de un momento para el otro se detuvo casi por completo. Íbamos avanzando muy despacio, y le dije a mi acompañante (que iba manejando) “¿Será así durante todo el camino, o habrá habido un accidente acá cerca?”. Me respondió “Capaz que fue un accidente”.

Nos quedamos calladas un minuto y ella dijo lo que yo estaba pensando “En realidad nos estaríamos alegrando de que sea un accidente, mejor que no”.

Apurada como siempre está una en estos días, los minutos hasta llegar a lo que efectivamente fue un accidente se me hicieron eternos. Cuando a lo lejos vi las ambulancias, mi preocupación fue si no estarían bloqueando la bajada de la autopista por la que teníamos que salir.

“Hay mamparas blancas, se murió alguien”, dijo ella con tristeza mientras manejaba despacio junto al accidente. “Uy, qué feo. La bajada está libre, menos mal” le respondí yo.

Y entonces, mientras bajábamos de la autopista, la situación me pegó con toda su fuerza. Había una persona muerta a pocos metros, y yo solo me estaba preocupando por llegar a tiempo, por bajar de la autopista, por cumplir con compromisos que no iban a afectar la vida de nadie.

Me sentí vacía, enajenada, inhumana.

Durante el resto del día no pude dejar de pensar en la familia de ese motociclista muerto, que iba a recibir la peor noticia posible, y en cómo yo –y seguro que muchísimos otros– le pasamos por al lado pensando solamente en nuestros propios caminos.

No quiero eso, no quiero que la vorágine en la que vivimos me vuelva inhumana. Una vida desconectada de lo que realmente es importante, no es vida.